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Hace unos 14 años, en la universidad de Stanford, dos geeks se afanaban en terminar su tesis doctoral, nada menos que sobre un programa capaz de ordenar y clasificar la información de la World Wide Web.

En California se estaba cocinando Google, la todopoderosa compañía que con sólo unos pocos años de historia ha logrado convertirse para muchos en sinónimo mismo de Internet.

En el inicio fue el buscador

En el año cero de la era google, se creó un buscador. Un buscador que pretendía indexar la tremenda cantidad de información disponible en la incipiente WWW.

Inmensa en ese momento, pero bastante pequeña en relación con el tamaño actual, en su primera versión, el índice de Google recogía 26 millones de páginas. En 10 años se pasaron a mil millones de páginas.

google classic

Fue el proyecto de dos jóvenes avispados que estaban en el lugar correcto en el momento correcto y que como casi siempre pasa en los grandes descubrimientos e inventos de la historia, y el buscador de Google lo es. Tiene su parte de trabajo, inteligencia, y también suerte.

En aquel momento, los primeros usuarios de la web disponían de Altavista y Yahoo!. El primero de ellos, se podría considerar un buscador convencional tal como lo entendemos ahora ya que indexaba las páginas y se podía buscar por algunas palabras clave. Sin embargo, era muy primitivo y sólo permitía buscar términos muy sencillos, devolviendo unos resultados poco precisos.

Por otro lado, Yahoo!, otro de los pioneros de internet, se basaba en un concepto que quizás ahora deje perplejo a más de uno, indexaban las páginas a mano. Y esto gracias una legión de colaboradores que daban de alta la página en cuestión en un directorio clasificado por temas o sectores. Un sistema que puede estar muy bien para la biblioteca de la universidad (quizás ni eso) pero que no es sostenible a poco que aumente el número de páginas. Y el aumento fue espectacular, exponencial.

En este escenario, se movían Sergei Brin y Larry Page cuando crearon su famoso algoritmo de clasificación de páginas que asignaba a cada una importancia o relevancia dependiendo de los enlaces que las apuntaban desde otras páginas. Cuanto más enlaces apuntaban a esa dirección, más importante era. Un concepto extremadamente simple y extremadamente revolucionario.

Por fin, lo usuarios tenían en sus manos una herramienta potente, que devolvía resultados precisos de aquello que se buscaba, poniendo orden en el caos de los millones de páginas.

Una gran máquina de producir anuncios personalizados

Hasta este momento, los buscadores eran una herramienta secundaria en la estrategia de las compañías de internet, que se basaba en tener disponible para el usuario un portal, un sitio donde debía permanecer el mayor tiempo posible para ser bombardeado inmisericordemente con publicidad. Y para ello, el cebo era el buscador, noticias, juegos, etc. lo que fuese necesario.

figuras lego con un navegador chrome

Sin embargo, con Google, el papel del buscador cambió. Se convirtió en el producto estrella, más importante que el portal mismo y el motivo principal para que el usuario acudiese a su minimalista página para buscar lo que quisiera.

Claro que los resultados de estas búsquedas se presentaban acompañados con unos discretos anuncios contextuales, que casi de manera mágica tenían relación con lo que estaban buscando. No nos llevemos a engaño, Google no vive de la tecnología, vive de los anuncios.

Podríamos comparar a Google como una gran fábrica. Pero no es una fábrica que produce grandes productos tecnológicos como podría ser el propio buscador o Gmail. El producto final de Google son los anuncios. Unos anuncios que vende a precio de oro a anunciantes de todo el mundo: 29.000 millones de dólares en 2010.

¿y cómo produce estos anuncios? ¿cual es la materia prima de dónde fabrica este producto tan valioso? Pues nosotros, sus usuarios. Y para fabricar estos anuncios necesita mucha información.

Google necesita saber quiénes somos, qué nos gusta, con quien nos relacionamos, dónde estamos, cuáles son nuestras preocupaciones y nuestros deseos. Con toda esta información, la mayor base de datos de personas que existe en el mundo, es capaz de preparar los anuncios a la carta, perfectamente dirigidos no a un perfil tipo si no a cada persona. Y esto por supuesto, es muy valorado por las empresas que quieren dirigirse de manera personalizada a cada uno de nosotros para vendernos sus mercancías.

Un día en la GoogleEsfera

¿Y por qué íbamos nosotros, personas preocupadas por nuestra privacidad, a compartir toda esa información sobre nosotros mismos con una empresa de California? Esa es la clave de todo. Pues gracias al cebo de los mejores productos y servicios que se puedan encontrar.

Creo de verdad que el buscador y el Gmail son los mejores en su campo, a años luz de la competencia. Y es verdaderamente muy difícil no usarlos. Repasemos un día normal de cualquiera de nosotros y veremos de qué seamos hablando:

Son las 7 de la mañana de un día cualquiera. Un molesto zumbido resuena desde mi Google Nexus apoyado en la mesita de noche, es hora de levantarse.

Un cuarto de hora después, mientras desayuno, no puedo resistirme a chequear el buzón de GMail. Hay unos cuantos correos personales y unos cuantos de trabajo.

Nada más llegar al trabajo, abro y el Chrome y durante la mañana, reviso los correos de trabajo, respondo unos cuantos y marco otros como pendientes con la ayuda de Google Tasks.

Mi empresa tiene contratado Google Apps, así que trabajo en unos documentos colaborando con otro compañero de manera online.

Consulto Google Calendar para ver el resto de el día y envío una invitación para la cena del viernes a unos amigos. Busco un restaurante que esté cerca con Google Maps. Abro Street View para ver que pinta tiene por fuera.

Entro en Google Plus y consulto un par de círculos de trabajo, el de los frikis y Geeks y el de expertos que sigo para el documento en el que estoy trabajando. Dejo un par de comentarios en unas entradas especialmente interesantes.

adquisiciones de Google

Lo visto anteriormente me da una idea estupenda para una nueva entrada en el blog. Abro Blogger y creo una nueva entrada enlazando a varios artículos. Busco una imagen relacionad con el tema gracias a Google Imágenes.

Mediante mi móvil y Google Latitude busco dónde están el resto de mis amigos y les mando también mi posición.

Repaso mis feeds en Google Reader. Selecciono unos cuantos y marco unos cuantos como favoritos para verlos más tarde.

Un poco de ocio, reviso mis correos personales y veo que me han mandado un par de enlaces a unos vídeos musicales un poco viejunos en YouTube.

Saco el móvil y subo unas cuantas fotos a Google Fotos. Tengo varios álbumes que sincronizo con el ordenador de casa gracias a que tengo Google Picasa instalado y me he comprado unos cuantos gigas adicionales de almacenamiento.

aplicaciones de Google

Me llegan un par de alertas a mi correo. Las tengo configuradas en Google News para que me avise cuando mi empresa y mi pueblo salen en los periódicos. De ahí me entero de las intenciones de mi alcalde y que mi empresa va a patrocinar un evento deportivo.

Salgo del trabajo y me dirijo a la cena, por la calle hago un llamada por Google Talk con un amigo. Después abro Google Music y me pongo los cascos para dar un pequeño paseo. Me guío por las calles con el Maps para el móvil.

Llego al restaurante y mientras espero, hojeo el periódico del día y veo el Sudoku. Con una sonrisa saco mi móvil y abro Google Googgles. Una foto y el móvil me dice la solución del dichoso juego.

Después de cenar, me vuelvo a casa, un par de mensajes instantáneos en Google Plus y a la piltra. Mañana será otro día.

Nada es gratis

Como vemos, en un día típico de uso de los servicios de Google, se genera mucha materia prima para alimentar la maquinaria de Google. No, los productos de Google no son lo que se dice gratuitos.

Debemos pagar un precio por ellos, y debemos decidir si nos merece la pena pagar el precio o no.

En Xataka ON | Google Music
Imagen | Carlos Luna Adria Richards
Imagen | Mapa de adquisiciones de Google

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